Por Martín Rodríguez Yebra
Casi se pisan para responder. “A Duhalde no lo vemos desde hace meses. ¡Meses!” Juan José Alvarez
habla más fuerte. Pero los otros tres diputados del grupo El General
reaccionan igual de indignados cuando se les pregunta si el ex
presidente está detrás de la jugada política que convirtió a Roberto
Lavagna en un posible candidato para 2007.
Alvarez, Jorge Sarghini, Eduardo Camaño y Francisco de Narváez
quieren ser la pata peronista del proyecto Lavagna y el pasado
duhaldista los persigue. Ya el presidente Néstor Kirchner encontró un
hueco para achacarle a su ex ministro que quiere construir con “los
viejos fantasmas”.
Ellos se irritan: “El duhaldismo está en la mochila del Presidente.
Las figuras más representativas apoyan ahora al Gobierno, ¿por qué nos
vienen a nosotros con eso?”, dice Camaño, que manejó durante cuatro años
la Cámara de Diputados y a quien siempre se lo consideró muy ligado a
Duhalde.
El rencor de Kirchner hacia estos cuatro diputados resulta
evidente. Apenas se enteró de que Lavagna se había reunido con ellos
para hablar de política, hace casi un mes, borró a su ex ministro de la
lista de posibles figuras electorales del oficialismo.
Regalo divino
¿Por qué semejante tensión? Los del cuarteto de El General son los
únicos dirigentes importantes de lo que fue el duhaldismo que rechazaron
pasarse al kirchnerismo tras la catastrófica derrota que sufrieron en
la provincia de Buenos Aires en octubre pasado, cuando Cristina Kirchner
le sacó más de 25 puntos a Hilda Duhalde.
En diciembre, el Gobierno abrió las puertas del oficialismo a los
peronistas derrotados. Narváez y Alvarez fueron a ver a Duhalde. “Le
avisamos que pensábamos seguir en la política activa y que íbamos a
seguir por otro camino diferente al del Gobierno”, cuenta Narváez, un
empresario que se tentó con la política pero no abandona los negocios:
el año pasado se convirtió en accionista de América TV.
Para ellos, la irrupción de Lavagna en el escenario electoral actuó
como un regalo divino. Son los principales operadores del proyecto y
coordinan sin disimulo la posibilidad de una coalición en la que la UCR
aportaría la principal estructura partidaria.
“Ahora nos vienen a ver todos, pero había que estar acá en enero
cuando nos sacamos la foto en el restaurante El General. Estábamos bien
solos”, se jacta Alvarez. Es el mismo dirigente al que alguna vez
Kirchner fue a buscar para manejar la crisis porteña por Cromagnon,
cuando Aníbal Ibarra lo nombró secretario de Seguridad.
La candidatura de Lavagna acapara el diálogo con LA NACION.
Sarghini, el más medido de los cuatro, intercala una aclaración.
“Roberto sabe que tiene una visión valiosa para aportar a la sociedad.
Pero primero tiene que madurar una decisión y eso todavía no está.” Los
cuatro dicen “Roberto” cuando se refieren a Lavagna, pero Sarghini es
quien realmente tiene una amistad con el ex ministro y trabajó con él en
la función pública.
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